ISSN-e: 2745-1380

Seguridad para el paciente en espacios de atención anestésica ambulatoria

Crystian Borrero Cortés

MD, anestesiólogo Profamilia, emdiagnóstica

Todos los procedimientos que se realizan bajo anestesia general, local, regional y/o sedación, requiriendo cuidados postoperatorios de mínima o baja complejidad y en los que está previsto el retorno a casa de manera inmediata o a las pocas horas después de la intervención (usualmente 4 horas o menos) se consideran asistencias de atención ambulatoria. La demanda de estos servicios ha tenido un crecimiento exponencial, consolidándose y expandiéndose en los campos ya conocidos de gastroenterología, odontología y radiología, e incursionando en nuevos escenarios de procedimientos mínimamente invasivos (por lo general endoscópicos y/o laparoscópicos) de urología y ginecología e incluso en escenarios de cirugía plástica y estética. 

Estos servicios ambulatorios cubren un número mayor de pacientes cuando se comparan con los servicios intrahospitalarios tradicionales. Actualmente, entre el 65 y el 70% del total de procedimientos anestésicos se realizan en entornos ambulatorios, lo que ha permitido mantener y mejorar la oferta de servicios diagnósticos y terapéuticos, a la vez que ha incrementado el acceso a los servicios de salud. El perfeccionamiento en los métodos de monitorización hemodinámica y ventilatoria, el fácil acceso a sistemas de administración de medicamentos y el uso de fármacos con comportamientos cinéticos predecibles (generalmente con un rápido inicio de acción y una corta duración del efecto) pueden generar la falsa sensación de que las atenciones ambulatorias están exentas de riesgo, sin embargo, no puede obviarse que los beneficios previamente mencionados se acompañan de particularidades que deben considerarse a la hora de promover y preservar la seguridad del paciente. 

Con el objetivo de procurar una adecuada selección de los casos, los anestesiólogos siempre debemos asumir la responsabilidad de la valoración pre-operatoria, realizando adicional a la anamnesis y al examen físico rutinario, una rigurosa estimación de los riesgos cardiovasculares, ventilatorios, de vía aérea difícil, de acceso venoso difícil, de caídas, de hospitalización no planeada y de trastornos neurocognitivos post-procedimiento. Así mismo, es necesario proporcionar una explicación detallada de los riesgos identificados para que los pacientes, en ejercicio de su autonomía, tomen una decisión informada. No obstante, partiendo de la premisa hipocrática: “primero no hacer daño», estamos obligados a que ante cualquier condición patológica, farmacológica o de índole social que exponga a los pacientes a riesgos no justificados, se concluya que el escenario ambulatorio es insuficiente para prestar una atención segura y de calidad.

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Existen múltiples escalas que pueden usarse para determinar cuál escenario es más seguro para realizar un procedimiento anestésico (ASA Physical Status – ASA-PS, Myocardial Infarction or Cardiac Arrest – MICA, National Surgical Quality Improvement Project – NSQIP, Revised Cardiac Risk Index – RCRI ), deberíamos entonces aplicarlas con más frecuencia para que nuestras decisiones tengan un respaldo científico sólido que nos facilite el ejercicio profesional. Más del 90% de los pacientes que se agendan para procedimientos ambulatorios bajo cualquier tipo de técnica anestésica estarán clasificados en las categorías ASA I o II. En casos especiales de la categoría ASA II (o incluso de la categoría ASA III) podrían tomarse medidas específicas para estabilizar condiciones mórbidas y aplicar estrategias de acondicionamiento y pre-habilitación que mejoren el estado clínico del paciente. 

Cuando un paciente acepta un procedimiento anestésico (sin importar su nivel de complejidad) deposita su confianza e integridad en quien asume las tareas de una estricta valoración pre-operatoria, una supervisión continua y diligente durante el curso de la técnica anestésica, así como, la gestión de los riesgos y el manejo de cualquier eventualidad que pudiera llegar a presentarse. Para ello, debe garantizarse que la relación anestesiólogo:paciente sea de 1:1 y que dentro de las jornadas agendadas se incluya el tiempo recomendado de observación y monitorización para la recuperación post-anestésica. 

La integridad de los pacientes no se limita sólo al escenario clínico, incluye el componente emocional, moral e incluso las expectativas de satisfacción. Se debe ser explícito en las recomendaciones de ayuno, suministrar información completa y resolver las dudas para disminuir los niveles de ansiedad. Es imperativo contar con protocolos que incluyan estrategias para la atención de situaciones críticas (pérdida de la permeabilidad de la vía aérea, reacciones alérgicas, parada cardiaca, etc.), verificar el adecuado funcionamiento de los dispositivos de monitorización (PANI, SpO2, ECG y EtCO2), de los sistemas de administración y eliminación de medicamentos y gases medicinales; y ser diligentes en el manejo de las náuseas, el vómito y el dolor agudo postoperatorio.

La pandemia por COVID-19 nos enseñó que la misión de los anestesiólogos va mucho más allá de administrar medicamentos, manejar la vía aérea y conseguir accesos vasculares. Estamos llamados a asumir un liderazgo constante que priorice el bienestar del paciente y que promueva un pensamiento crítico en todo el equipo médico para garantizar atenciones seguras y oportunas sobre todo en enfermedades sensibles al tiempo (cáncer, por ejemplo).

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Afortunadamente, las opciones laborales para los anestesiólogos crecen a diario y se consolidan nuevos y mejores escenarios de práctica médica. Quizás en los próximos años algunos de nosotros ya no acudamos a las tradicionales salas de cirugía. Los pacientes que demandan atención ambulatoria cada vez son más y el número de intervenciones diagnósticas y terapéuticas que pueden (y deberían) practicarse bajo una estrategia de atención ambulatoria también van en aumento.  Cada vez entendemos mejor la importancia de la prehabilitación y de la recuperación acelerada después de las cirugías. No está lejos el día en el que los procedimientos que históricamente obligaban a estancias hospitalarias prolongadas se limiten a un número mínimo. Tenemos que estar a la altura, dimensionar las implicaciones que representan los riesgos identificados y aplicar el conocimiento acumulado para traducirlo en una excelente gestión clínica. Finalmente, y más importante aún, debemos procurar que todas las personas reciban una atención anestésica tan segura y de una calidad tan alta como la que esperaríamos recibir si estuviéramos del otro lado de la relación médico-paciente. 

Bibliografía sugerida 

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