ISSN-e: 2745-1380

El día que el quirófano tembló: la historia de una promesa cumplida en medio de un terremoto

La paciente estaba profundamente sedada sobre la mesa quirúrgica cuando uno de los residentes levantó la mirada.

—Doctora, está temblando.

Eran poco más de las siete de la mañana del 10 de agosto de 2026. En la sala 8 del Hospital Universitario del Valle, la Dra. Claudia Komaromy Obando, médica anestesióloga, y dos residentes de anestesia preparaban a una paciente para una cirugía por un tumor cerebral.

La paciente tenía una hemiparesia que limitaba la movilidad de una parte de su cuerpo y estaba programada para una craneotomía despierta, un procedimiento que permite despertar al paciente durante determinados momentos de la cirugía para evaluar sus funciones neurológicas mientras el neurocirujano trabaja. En ese momento, el equipo se encontraba en la fase anestésica, preparando a la paciente y verificando cada detalle antes de iniciar el procedimiento.

terremoto
Dra. Claudia Komaromy

Hasta ese momento, era una jornada cualquiera. Una más entre los miles de días que la anestesióloga había vivido durante sus más de 25 años de profesión.

Al principio, el movimiento parecía leve. Como tantas veces ocurre, podía terminar en unos segundos. Pero no terminó. El suelo siguió moviéndose y la intensidad fue aumentando progresivamente. La mesa quirúrgica comenzó a bambolearse, las bombas de infusión tuvieron que detenerse y, mientras afuera se escuchaban ruidos, gritos y personas corriendo, dentro de la sala permanecía una paciente que no podía protegerse por sí misma.

En ese instante apareció una pregunta que ningún protocolo puede responder por completo: salir o quedarse. El instinto decía una cosa. La responsabilidad, otra.

La Dra. Komaromy se quedó. Los residentes también.

Durante más de 90 segundos, mientras el Hospital Universitario del Valle era sacudido por el terremoto, los tres permanecieron junto a la paciente y la sostuvieron para evitar que cayera. Lo que ninguno sabía en ese momento era que, apenas ellos salieran de aquella sala, la historia de ese lugar cambiaría para siempre.

Una mañana normal en la sala 8

Nada había anunciado lo que ocurriría después. La Dra. Komaromy, anestesióloga y docente de neuroanestesia, había llegado temprano al hospital acompañada por un residente de la Universidad del Valle y una médica procedente de Perú que iniciaba ese mismo día una rotación en ese servicio.

terremoto
Dr. Mauricio Valencia

El Dr. Mauricio Valencia García era ese residente. Médico egresado de la Universidad de Antioquia, había trabajado durante dos años en una unidad de cuidados intensivos antes de iniciar su residencia de anestesiología en la Universidad del Valle. Profesionales como él son parte de los miles de integrantes del talento humano en salud que acompaña Fepasde en su ejercicio profesional.

La mañana había comenzado como cualquier otra. El Dr. Mauricio caminó entre cinco y diez minutos desde su casa hasta el hospital. Recuerda las calles tranquilas, las personas paseando a sus perros y la rutina habitual de quienes llegaban a trabajar. Nada hacía pensar que esa mañana terminaría siendo distinta.

Como era habitual, el equipo llegó con anticipación para preparar el procedimiento. Revisaron los medicamentos, los equipos y cada uno de los elementos necesarios para la cirugía. La paciente estaba preparada y el siguiente paso era profundizar la anestesia y realizar la intubación.

Todo transcurría con normalidad. Hasta que el residente Mauricio sintió un ligero movimiento.

—Doctora, está temblando.

La Dra. Komaromy revisó los equipos. Al principio parecía una vibración leve que podía pasar rápidamente. Pero el movimiento comenzó a aumentar.

Antes de entrar al quirófano habían hecho lo que hacen todos los días: hablar con la paciente, explicarle quiénes eran y transmitirle tranquilidad. Como suelen decir los anestesiólogos antes de una intervención, le recordaron algo sencillo pero fundamental:

—Nosotros estaremos todo el tiempo cuidándote.

Minutos después, aquella promesa sería puesta a prueba de una manera imposible de anticipar.

Más de 90 segundos dentro del terremoto

Cuando comenzó el movimiento, nadie imaginó la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Al principio parecía una sacudida pasajera, una de esas que generan inquietud durante unos segundos y desaparecen. Pero esta vez no fue así.

Las bombas de infusión fueron suspendidas y los medicamentos dejaron de administrarse. Afuera se escuchaba el caos, pero dentro de la sala 8 permanecía una paciente profundamente sedada, con movilidad limitada, que no podía simplemente levantarse y evacuar.

«Lo único que podíamos hacer era sostenerla.»

De todo lo ocurrido, hay algo que aún conserva con nitidez la Dra. Komaromy: el sonido. Un ruido profundo y perturbador que todavía le cuesta describir. No sabe si provenía de la estructura del edificio, de objetos cayéndose o del propio movimiento de la tierra. Lo cierto es que acompañó cada segundo del terremoto mientras la mesa quirúrgica se desplazaba y el equipo intentaba mantener a la paciente segura.

El Dr. Mauricio recuerda cómo el microscopio de neurocirugía golpeaba contra la pared, la máquina de anestesia se balanceaba y, a pesar de estar frenada, la mesa quirúrgica se movía. También recuerda la lámpara quirúrgica balanceándose sobre ellos y el temor de que pudiera caer.

El instinto le decía que debía salir. Pero la paciente no podía hacerlo por sí misma.

Entonces ocurrió algo inesperado. Como los medicamentos habían sido suspendidos, la paciente comenzó a despertar. Recuperó progresivamente la conciencia y abrió los ojos para encontrarse con una escena desconcertante. Todo se movía a su alrededor. Los médicos la sujetaban para que no cayera y ella no podía moverse.

Entró en pánico.

—¿Qué está pasando?

—¿Qué es esto?

—No me puedo mover.

En ese momento, la tarea dejó de ser únicamente física. Ya no bastaba con evitar una caída. También había que contener su miedo.

—Tranquila. Hay un temblor, pero nosotros estamos aquí contigo.

La médica peruana se quedó. El residente se quedó. La Dra. Komaromy se quedó. Nadie les dio una orden. Cada uno tomó su propia decisión frente al peligro.

Mucho después, cuando le preguntaron por qué no había salido corriendo, la Dra. Komaromy encontró una respuesta sencilla:

«No podía dejar a un ser humano tirado ahí.»

Los últimos segundos fueron especialmente difíciles. La Dra. Komaromy, mientras sostenía a la paciente, bajó la cabeza y rezó. El Dr. Mauricio pensó en su familia, en su pareja y en su perro. Por un momento se preguntó si el edificio podía colapsar y si aquel podía ser su último momento.

Afuera, la realidad era peor

Cuando finalmente terminó el movimiento, llegó una nueva urgencia: evacuar. Buscaron una silla, intentaron abrirse paso entre los espacios afectados y terminaron ayudando a la paciente a bajar cuatro pisos por las escaleras. Solo cuando llegaron al exterior comenzaron a comprender la verdadera magnitud de lo ocurrido.

terremoto
Dra. Komaromy y Marta Lucila Meneses (paciente)

Los ascensores no funcionaban. Había paredes afectadas, daños en las instalaciones eléctricas y personas intentando salir del hospital.

La paciente pudo reencontrarse con su familia en una zona segura habilitada por el hospital. El Dr. Mauricio incluso le prestó su teléfono para intentar comunicarse con ellos, aunque las líneas telefónicas comenzaron a fallar.

Para la Dra. Komaromy y su equipo, la jornada estaba lejos de terminar. Los quirófanos dejaron de funcionar bajo la programación habitual y los anestesiólogos se integraron a las labores de emergencia. Entre las nuevas prioridades estuvo la reorganización de quirófanos en el área de urgencias y la evacuación de recién nacidos de unidades de cuidado intensivo neonatal afectadas por el terremoto.

Eran bebés muy pequeños, algunos con menos de un mes de vida, que debían ser estabilizados y trasladados hacia instituciones capaces de continuar garantizando su atención.

Ante una emergencia que parecía prolongarse, residentes y docentes organizaron turnos de aproximadamente seis horas para mantener la atención.

El regreso a casa

La emergencia continuó durante varias horas. Solo hacia la una de la tarde pudo la Dra. Komaromy emprender el camino de regreso a casa. La ciudad que había visto al amanecer ya no era la misma. Las vías estaban afectadas. Había escombros por todas partes. Un trayecto habitual de pocos minutos terminó convirtiéndose en un recorrido de más de una hora.

Fue entonces cuando la dimensión de la tragedia comenzó a hacerse completamente real.

«Durante el momento fue miedo. Después fue gratitud.»

Hasta entonces había estado concentrada en la paciente, en la evacuación y en las tareas de emergencia. Pero mientras atravesaba una ciudad golpeada por el terremoto empezaron a aparecer las historias de familias que habían perdido sus viviendas, personas que lo habían perdido todo y comunidades enteras intentando levantarse entre los escombros.

«La ciudad estaba totalmente devastada.»

«Se te cae el ánimo. Empiezas a preguntarte en qué momento pasó todo esto.»

Quince días después: «Su sala no existe»

terremoto

El terremoto había terminado, pero para la Dra. Komaromy la historia de la sala 8 todavía no. Quince días después los quirófanos comenzaban a retomar sus actividades y ella llegó como cualquier otro día. Miró la programación y caminó hacia el lugar que conocía de memoria.

La sala 8.

Una enfermera la detuvo.

—Doctora, ¿para dónde va?

—A mi sala.

—Su sala no existe.

La sala 8 había quedado gravemente afectada. Era el único de los catorce quirófanos que todavía no había podido recuperarse. Y lo más impactante estaba por venir: le explicaron que parte del daño había ocurrido después de la evacuación. Apenas ellos habían salido, la estructura terminó colapsando.

«En ese momento me estremecí, me quebré y lloré.»

Y vino entonces un recuerdo que la Dra. Komaromy creía enterrado: cuando era niña, había vivido el terremoto de Tumaco en 1979. Su madre y ella se quedaron atrapadas en la habitación, y la madre la sostuvo mientras susurraba a su oído:

«Ya va a pasar, tranquila, aquí estoy contigo, no te muevas, ya va a pasar.»

Eso fue precisamente lo que ella hizo con la paciente. Una experiencia que creía olvidada volvió para darle fuerzas en el momento más difícil.

El terremoto que siguió moviéndose

Aunque el suelo dejó de temblar, algo continuó moviéndose durante semanas: el miedo. Las réplicas, los recuerdos y la sensación de que las cosas seguían moviéndose incluso cuando estaban quietas hicieron parte de los días siguientes. La Dra. Komaromy y varios de sus compañeros comenzaron a reconocer síntomas relacionados con el estrés postraumático: angustia al regresar al hospital, recuerdos repentinos, tensión y miedo ante nuevos movimientos.

«Todos queremos actuar como si nada hubiera pasado. Pero sí pasó.»

El Dr. Mauricio también sintió miedo al regresar a un quirófano. Hubo noches en las que dormía con el teléfono preparado ante la posibilidad de una nueva alerta.

Volver al trabajo no significó simplemente regresar a cumplir un turno. Fue regresar al lugar donde habían tenido miedo. Fue entrar otra vez a un quirófano después de haber vivido un terremoto allí. Para la Dra. Komaromy, esa parte de la historia también merece ser contada. Porque una emergencia no termina necesariamente cuando deja de moverse el suelo.

El video que recorrió el mundo

La tarde del 10 de agosto, mientras intentaba procesar la jornada más difícil de su carrera, comenzaron a llegar mensajes a su celular. Amigos, colegas y familiares le enviaban el mismo video. Lo abrió.

—¿Esa soy yo?

No sabía que alguien había grabado la escena. En pocas horas, la grabación comenzó a circular por WhatsApp. Después llegó a las redes sociales, a los medios nacionales y, más tarde, a medios internacionales.

Pero la Dra. Komaromy nunca quiso que la historia terminara convertida en la historia de una heroína. Para ella, el video no hizo visible una acción extraordinaria, sino una responsabilidad cotidiana. Algo así como lo que hace Fepasde todos los días con el talento humano en salud: acompañar a los profesionales que acompañan a sus pacientes.

«Esto no es para mí. Es para todos los anestesiólogos que han estado cuidando pacientes y para todos los que seguirán haciéndolo, en medio de cualquier crisis.»

El video hizo visible un instante. La profesión ocurre todos los días.

La valentía también fue volver

A más de dos meses del terremoto, la Dra. Komaromy llegó a una conclusión que transformó su manera de entender lo ocurrido. La valentía no estuvo únicamente en permanecer junto a la paciente durante el terremoto; también estuvo en regresar después.

«La valentía creo que consiste en ser capaz de volver a trabajar más que en haberse quedado allí en un momento dado.»

terremoto

Ser anestesiólogo, explica, no consiste únicamente en administrar una anestesia y acompañar al paciente hasta que termine una cirugía. También significa conocer los mecanismos de respuesta, los protocolos y las herramientas necesarias para protegerlo ante una emergencia.

El Dr. Mauricio, quien culminó su residencia pocas semanas después del terremoto, se lleva una enseñanza similar. Para él, la anestesiología tampoco es solamente técnica: es acompañar, generar seguridad y responder a la confianza de una persona que queda completamente en manos de su equipo.

La Dra. Komaromy todavía habla de la sala 8 con una mezcla de tristeza, gratitud y respeto. Y resume en una sola frase aquello que ha guiado más de veinticinco años de profesión y la enseñanza de sus profesores de la Universidad Nacional:

«El anestesiólogo es el ángel de la guarda del paciente.»

La sala 8 ya no es la misma. Sin embargo, la historia que ocurrió allí permanece. No por el video que recorrió el mundo ni por los reconocimientos que llegaron después, sino por lo que vino cuando las cámaras se apagaron: las lágrimas, la incertidumbre, las réplicas, la ciudad herida, el regreso y la decisión de seguir cuidando.

Aquella mañana, antes de entrar al quirófano, la Dra. Komaromy y su equipo hicieron una promesa a una paciente que apenas estaba comenzando su procedimiento:

«Nosotros vamos a estar ahí todo el tiempo cuidándote.»

Quizá por eso, más que una historia sobre un video viral, una medalla o una entrevista internacional, esta es la historia de una promesa cumplida.

Un legado de compromiso y vocación

terremoto

Desde la S.C.A.R.E. expresamos nuestro profundo reconocimiento a la Dra. Claudia Komaromy Obando y al Dr. Mauricio Valencia García, así como a los residentes, profesionales y a todo el talento humano en salud que respondió con valentía y compromiso durante una de las emergencias más complejas que ha enfrentado el país en los últimos años. Su actuar, dentro y fuera del quirófano, protegió vidas en medio de la adversidad y recordó la importancia de la preparación, el trabajo en equipo y la vocación de servicio que distinguen a los profesionales de la salud colombianos.

Agradecimientos

Nuestro agradecimiento a la Dra. Claudia Komaromy Obando y al Dr. Mauricio Valencia García por compartir sus testimonios y permitirnos acercarnos, desde sus propias voces, a lo que vivieron aquel 10 de agosto, y a la paciente María Lucila Meneses por permitirnos registrar su reencuentro con la Dra. Komaromy el 26 de octubre, antes de su cirugía reprogramada.

0 0 Votos
Calificación artículo

Más vistos

0 Comentarios
El mas nuevo
Más antiguo Más votado
[hubspot type=form portal=7545531 id=dde343a2-7514-4d20-871d-02182f75d72b]
0
Me encantaría tu opinión, por favor comenta.x